María, Madre de la esperanza

XXVII Domingo T.O. – 7 Oct 2018

«Todos ellos perseveraban en la oración»

(Hch 1, 9-14)

María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa que medita cada palabra y acontecimiento en su corazón. María reaparece precisamente al pie de la cruz. Ella “estaba” allí, fielmente presente. Y la volvemos a encontrar en el primer día de la Iglesia. Ella, madre de esperanza, también estaba en medio de esa comunidad de discípulos tan frágiles en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección.

María nos mira como Madre de la esperanza: con ternura, con misericordia, con amor. Así ha mirado a su hijo Jesús en todos los momentos de su vida, gozosos, luminosos, dolorosos, gloriosos, como contemplamos los Misterios del Santo Rosario, simplemente con amor.

Cuando estemos cansados, desanimados, abrumados por los problemas, volvámonos a María, y sintamos su mirada que dice a nuestro corazón: “¡Ánimo, hijo, que yo te sostengo!”

(Papa Francisco)

Salmo 99:    Aclama al Señor tierra entera

De los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 9-14)

Y a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Entonces se volvieron a Jerusalén, … Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago.

Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Peticiones

  • Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades y líbranos de todo peligro.

  • Madre del silencio, que custodia el misterio de Dios, líbranos de la idolatría del presente a la que se condena quien olvida.

  • Madre, purifícanos los ojos con el colirio de la memoria y volvamos a la lozanía de los orígenes de una Iglesia orante y penitente, y descubramos la alegría de una Iglesia humilde y fraterna.

  • Madre de la belleza, que florece en la fidelidad al trabajo cotidiano, despiértanos del sopor de la pereza, de la mezquindad y del derrotismo.

  • Madre de la ternura, que envuelve de paciencia y de misericordia, ayúdanos a quemar tristezas, impaciencias y rigidez, para que sean ágiles nuestras manos, nuestros pies y nuestro corazón, y edifiquemos la Iglesia con la verdad en la caridad.

  • Por todas las personas que, en todo tipo de tareas, dedican su tiempo y sus esfuerzos al servicio de los más necesitados. Que no sucumban nunca al desaliento y sigan su trabajo por el camino de la sencillez y la acogida.

Oración final

¡Madre, ayuda nuestra fe!

Abre nuestro oído a la Palabra,

para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.

Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos,

saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.

 

Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor,

para que podamos tocarlo en la fe.

Ayúdanos a fiarnos plenamente de Él, a creer en su amor,

sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz,

cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.

Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.

Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.

 

Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús,

para que Él sea luz en nuestro camino.

Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros,

hasta que llegue el día sin ocaso,

que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Papa Francisco: “Oración a María, Madre de la Iglesia y Madre de nuestra fe”.

(Lumen fidei )

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