Grupo de oración

GRUPO DE TAIZÉ EN CÁDIZ

Te invita y te ofrece…

  • ORACIÓN COMUNITARIA – Con cantos de Taizé – Todos los domingos
    18:00 h – Oración / 19:00 h – Eucaristía
  • REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO – Mensual – Viernes (de 20:00 a 21:00 h)

( 14 mayo 2021 )

Esperar a tiempo y a destiempo

Un mensaje para 2021

File:Taizé.png - Wikimedia Commons

ORACIÓN

Del Evangelio de Juan

Y Jesús les dijo a sus discípulos:

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. 35En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros»

Oración comunitaria

Cristo Jesús, te alabamos por tu bondad y sencillez.
Es por tu humildad,
que la luz de Dios brilló a través de toda tu vida.
Esta luz brilla hoy en nuestros corazones.
Ella puede curar nuestras heridas
e incluso transformar nuestras fragilidades e incertidumbres
en manantiales de vida, en energía creativa,
en el don de la confianza.
Al iluminarnos con esta luz de Dios,
nos concedes esperar a tiempo y a destiempo.
(Hno. Alois de Taizé)

Carta de Taizé 2021

Vivir a tiempo y a destiempo

La humanidad avanza gracias a multitud de mujeres y hombres que se entregan sin calcular, incluso en estos tiempos de convulsiones e incertidumbres.

Durante los últimos meses, muchos jóvenes han compartido con nosotros sus inquietudes acerca del futuro: ¿qué esperanza puede orientarnos? ¿Qué apoyos fiables hay cuando todo es tan inestable? Y aún más profundamente: ¿Para qué metas vale la pena vivir? Otras voces se alzan para decir: resistámonos al desencanto; estemos atentos a los signos de esperanza.

Vivir la fraternidad

Sí, en medio de las difíciles realidades del período actual, es posible percibir razones para la esperanza, e incluso a veces para esperar contra toda esperanza.

La alegría se renueva cuando vivimos la fraternidad, cuando nos acercamos a los más desprovistos: personas sin hogar, ancianas, enfermas, o solas, niños en dificultad, personas con discapacidades, migrantes… Las circunstancias de la vida pueden hacernos a todos vulnerables. Y la pandemia está exponiendo las fragilidades de nuestra humanidad.

Más que nunca, nos necesitamos unos a otros. El papa Francisco nos lo recuerda con fuerza en su carta encíclica Fratelli tutti : « Nadie se salva solo. » Y añade que nadie puede encontrar plenamente su identidad sin una « apertura a lo universal, sin dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas o sin solidarizarse con los dramas de los demás pueblos. » §32 y §146﴿

En las relaciones tanto entre las personas como entre los pueblos, hagamos todo lo posible para pasar de la competición a la cooperación. Sostengamos los organismos o asociaciones que promueven la cooperación y la solidaridad, tanto a nivel local como nacional e internacional.

Creer – confiar en una presencia

En Taizé, constatamos que los jóvenes, para mantener el rumbo, se cuestionan de una manera nueva sobre su fe en Dios. ¿Qué quiere decir creer en Él? Y, si Dios existe, ¿actúa en la historia, en nuestras vidas?. De cara a estas preguntas, evitemos reducir a Dios a nuestros conceptos. Él sobrepasa infinitamente todo lo que podamos imaginar. Somos buscadores sedientos de amor y de verdad. Dondequiera que nos encontremos en nuestra peregrinación interior, todos avanzamos a menudo a ciegas. « La fe es una confianza muy sencilla en Dios, un impulso de confianza, mil veces retomado en el transcurso de la vida… incluso si en cada uno puede haber también dudas », decía el hermano Roger.

Creer, ¿no es ante todo confiar en una presencia que está, al mismo tiempo, en lo más profundo de nuestro ser y en todo el universo, inasible y aun así tan real? Presencia que no se impone nunca, sino que podemos acoger de nuevo en todo momento, en el silencio, como una respiración. Presencia benévola que está siempre ahí, a pesar de las dudas, incluso cuando tenemos la impresión de que comprendemos muy poco quién es Dios.

Discernir un nuevo horizonte

Jesús vivió de esta presencia benévola hasta el extremo, estaba constantemente atento a ella. Era para él luz interior, aliento de Dios, inspiración del Espíritu Santo…

Desde lo más profundo del sufrimiento y la soledad absoluta, en el momento de su muerte en la cruz, cuando todo parecía absurdo, él gritó su sentimiento de abandono, pero dirigiéndose aún a Dios: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? » Traicionado, torturado, condenado a muerte, en las más profundas tinieblas, él introdujo el amor. Y este amor mostró ser más fuerte que el mal. María Magdalena y luego los apóstoles comunicaron esta noticia inesperada, increíble: está vivo, el amor de Dios ha vencido el odio y la muerte.

Sobrecogidos por esta noticia, los primeros cristianos quedaron conmocionados y daban testimonio de ella: Cristo vive de ahora en adelante junto a Dios. Él llena el universo por el Espíritu Santo y está también presente en cada ser humano. Es solidario con los pobres y les hará justicia, él es la culminación de la historia y de la creación; y nos acogerá después de la muerte en la plenitud de la alegría.

Más allá de la violencia humana, más allá de los desastres medioambientales y de las enfermedades, se abre un nuevo horizonte. ¿Sabremos discernirlo?

Cambiar nuestra mirada

A partir de este horizonte revelado por la resurrección de Cristo, una luz entra en nuestras existencias. Siempre de nuevo, dispersa la tiniebla del miedo, hace brotar una fuente, hace estallar la alegría de la alabanza.

Entonces podemos presentir que, secretamente, como por una atracción misteriosa, Cristo continúa hasta el fin de los tiempos reuniendo en el amor de Dios a toda la humanidad y al universo entero. Y nos asocia a su misión.

Nos asocia a ella juntos, en Iglesia. Esto implica que estemos dispuestos a ensanchar nuestra amistad a todos. Cristo nos pide amar incluso a nuestros enemigos; su paz reconcilia incluso naciones enfrentadas.

Dejemos que Cristo renueve nuestra mirada: por él reconocemos más claramente la dignidad de cada ser humano y la belleza de la creación; la esperanza, lejos de ser una confianza ingenua, nace y renace porque está enraizada en Cristo; una alegría serena nos llena y con ella el valor de asumir las responsabilidades que Dios nos confía sobre la tierra.

 

Para reflexionar…

  • ¿Qué es para mí creer en Dios?¿Cómo pensamos que Dios actúa en nuestras vidas?

  • Ser Iglesia implica estar a la escucha de las personas más vulnerables. ¿Qué iniciativas o personas son para mí un signo de esperanza?

  • ¿Cómo me ha llamado Dios a formar parte de su proyecto?

Carta de Taizé 2021

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( 9 de abril 2021 )

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO
V – Evangelizadores y misioneros con Espíritu [259-288]

Evangelizadores con Espíritu (II)

La Palabra: Marcos 10, 17-21

Cuando Jesús iba a seguir su viaje, llegó un hombre corriendo, se puso de rodillas delante de Él y le preguntó:
– Maestro bueno, ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Jesús le contestó:
– ¿Por qué me llamas bueno? Bueno solamente hay uno: Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no mientas en perjuicio de nadie ni engañes, y honra a tu padre y a tu madre.
El hombre le dijo:
– Maestro, todo eso lo he cumplido desde joven.
Jesús le miró con cariño y le contestó:
– Una cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego, ven y sígueme”.

Oración: Dejarnos llevar por el Espíritu

Ven, Espíritu Santo,
a renovarnos, a sacudirnos,
a impulsarnos en una audaz salida de nosotros mismos
para evangelizar a todos los pueblos.

Nos abrimos sin temor a tu acción en nosotros.
Danos tu fuerza para anunciar el Evangelio
en voz alta, en todo tiempo y lugar,
incluso a contracorriente.

EVANGELIZADORES CON ESPÍRITU

Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios. Además, el Espíritu Santo infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. En este capítulo, el Papa propone algunas reflexiones para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor y contagiosa, que no es posible si no arde en los corazones el fuego del Espíritu.

  1. Motivaciones para un renovado impulso misionero [262-283]

Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades y el fervor se apaga.

Es sano acordarse de los primeros cristianos y de tantos hermanos a lo largo de la historia que estuvieron cargados de alegría, de coraje, incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa. No digamos que hoy evangelizar es más difícil; es distinto. Pero aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época. Recuperaremos algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy.

. El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva

La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvador por Él, que nos mueve a amarlo siempre más. ¿Qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza. No hay nada mejor para transmitir a los demás.

Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad y, finalmente, su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida, A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena, y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos.

. El gusto espiritual de ser pueblo

La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: “Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios”(I Pe 2,10). Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa: “Jesús lo miró con cariño” (Mc 10,21). Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino (MC 10, 46-52) y cuando come y bebe con los pecadores (Mc 2, 16). Lo vemos disponible cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies (Lc 7, 36-50, o cuando recibe de noche a Nicodemo (Jn 3, 1-15). Su entrega en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia.

Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo. Jesús quiere que toquemos la miseria humana, la carne sufriente de los demás. El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita en encuentro pleno con Dios hasta el punto de que quien no al hermano “camina en las tinieblas” (I Jn 2,11), “permanece en la muerte” (I Jn 3,14) y “no ha conocido a Dios”(I Jn 4,8).

Como consecuencia de esto, si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos dejar de ser misioneros. Un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial que desborda y refresca a los demás. Esto es fuente de felicidad, porque “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega.. Es obra de Dios, criatura suya. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega.

. La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu

Si nos dejamos llevar por el pesimismo y pensamos que las cosas no van a cambiar, recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive. Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Frente a las dificultades y la experiencia del fracaso, creamos al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo y está desarrollándose aquí y allá: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (Mt 13, 31-32), como el puñado de levadura que fermenta una gran masa (Mt 13, 33) y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (Mt 13, 24-30). Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Quizás el Señor tome nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nunca iremos. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo; dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, permitir que Él nos ilumine, guíe, oriente, impulse hacia donde Él quiera.

. La fuerza misteriosa de la intercesión

La oración de intercesión está llena de seres humanos: “En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros porque os llevo dentro de mi corazón”(Flp 1, 4-7). Esta actitud se convierte en agradecimiento a Dios por los demás: “Doy gracias a Dios sin cesar por todos vosotros a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús”(I Cor 1,4). Los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores.

  1. María, la Madre de la evangelización [284-288]

Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (Hch 1,14) y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora.

. El regalo de Jesús a su pueblo

En la cruz Jesús le dijo a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego le dijo al amigo amado: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 26-27). Sólo después de esto Jesús pudo sentir que “todo estaba cumplido” (Jn 19,28). María, como Madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo y entra a formar parte de su identidad histórica.

. Estrella de la nueva evangelización

Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles, sino de los fuertes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque “derribó de su trono a los poderosos y despidió vacíos a los ricos” (Lc 1, 52-53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de la justicia. María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es la mujer orante y trabajadora de Nazaret y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás “sin demora” (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización.

Es el Resucitado quien nos dice “Yo hago nuevas todas las cosas (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

Virgen y Madre María,
tú, que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro “sí” ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista, haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable y recibiste el alegre consuelo de la resurrección, recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga.

Tú, virgen de la escucha y la contemplación, madre del amor, esposa de las bodas eternas, intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo, para que ella nunca se encierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra, y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.
FRANCISCUS

Cuestiones para la reflexión personal
  • Nuestras acciones pastorales, ¿son a veces propuestas místicas sin compromiso social? ¿O se trata de prácticas sin espiritualidad? ¿Por qué?

  • ¿Cómo podemos unir la dimensión contemplativa a nuestra práctica misionera?

  • ¿Nos quedamos a veces encerrados en la comodidad, la flojera, la tristeza insatisfecha? ¿Nos buscamos a nosotros mismos en el éxito de la misión?

  • ¿De qué manera la vida y obras de Jesús responde a nuestras necesidades más profundas?

  • ¿Es el amor a los demás la fuerza espiritual que facilita nuestro encuentro con Dios?¿En qué se manifiesta?

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(Viernes 19 de marzo 2021)

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO:

La Dimensión Social de la Evangelización

[ 217-258]

Trabajamos por la paz”

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  • La Palabra: Mateo 5, 3-12

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque e
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.  Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

  • Oración: Ayúdanos a construir la paz

Señor, ayúdanos a construir la paz.
Aumenta nuestro afecto hacia los creyentes de otras confesiones.
Te pedimos perdón por las veces que no respetamos
a los que son diferentes a nosotros.
Te pedimos perdón por las veces que hemos sido intolerantes y autoritarios.
Ayúdanos a valorar a todas las personas y a reconocer su dignididad.
Haz de nosotros instrumentos de pacificación
y testimonios creíbles de una vida reconciliada.
Gracias por hacer de nosotros un pueblo,
gracias por ser nuestro vínculo de paz.

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EL BIEN COMÚN Y LA PAZ SOCIAL [217-237]

Hemos hablado mucho sobre la alegría y sobre el amor, pero la Palabra de Dios menciona también el fruto de la paz (cf. Ga 5,22).

La paz social no puede entenderse como una utopía o una ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. Tampoco aquella que sirva para justificar que se silencie a los más pobres, para que aquellos que gozan de mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser justificadas con una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad y privilegios de algunos. La paz tampoco se reduce a una ausencia de guerra. Pero convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento que exige querer integrarse y desarrollar una cultura pluriforme y armónica.

Para construir un pueblo en paz, justo y fraterno, hay cuatro principios relacionados que brotan de la Doctrina Social de la Iglesia:

  1. El tiempo es superior al espacio

Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es paralizar los procesos y pretender detenerlos. Es entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender todavía y que era necesario esperar al Espíritu Santo. La parábola del trigo y la cizaña grafica un aspecto importante de la evangelización.

  1. La unidad prevalece sobre el conflicto

El conflicto no puede ser ignorado, ha de ser asumido. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, para poder continuar con su vida. Otros entran en el conflicto y quedan prisioneros, pierden la perspectiva, proyectan en otros las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9). Así se hace posible una comunión en las diferencias, por eso hace falta este principio indispensable. Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14).

  1. La realidad es más importante que la idea

La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos. Hay que pasar del idealismo a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad.

  1. El todo es superior a la parte

Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Así como prestar atención a lo local, ya que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva amplia. Es decir, una persona no esconde su identidad ni se anula cuando se integra en una comunidad, sino que recibe nuevos estímulos para su propio desarrollo. A los cristianos, este principio nos habla también de la totalidad del Evangelio que la Iglesia nos transmite y nos envía a predicar. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio tiene un criterio de totalidad ya que no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no integra a todos en la mesa del Reino.

  • EL DIÁLOGO SOCIAL COMO CONTRIBUCIÓN A LA PAZ [238-258]

La evangelización implica un camino de diálogo. Para la Iglesia, en este tiempo hay tres campos de diálogo, para favorecer el pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común:

1. El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias

El diálogo entre ciencia y fe también es parte de la acción evangelizadora que pacifica. La Iglesia propone un camino, que exige un uso responsable de las ciencias empíricas y otros saberes como la filosofía, la teología, y la misma fe, que eleva al ser humano hasta el misterio que trasciende la naturaleza y la inteligencia humana. La fe no le tiene miedo a la razón; al contrario, la busca y confía en ella, porque «la luz de la razón y la de la fe provienen ambas de Dios».

2. El diálogo ecuménico

El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide «que todos sean uno» (Jn 17,21). La credibilidad de la cristiandad sería mayor si los cristianos superaran sus divisiones y la Iglesia realizara «la plenitud de catolicidad, en aquellos que están separados de su plena comunión». Somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para eso, hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos: la paz. Jesús nos dijo: «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).

3. Las relaciones con el Judaísmo

Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío. La Iglesia comparte con el Judaísmo una parte importante de las Sagradas Escrituras, se le considera como una raíz sagrada de la cristiandad. Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena. Creemos junto con ellos en un único Dios, y acogemos con ellos la común Palabra. El diálogo y la amistad con los hijos de Israel son parte de la vida de los discípulos de Jesús. El afecto nos lleva a lamentar sinceramente las terribles persecuciones de las que fueron y son objeto.

4. El diálogo interreligioso

Una actitud de apertura en la verdad y en el amor, asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es un compromiso ético. En este diálogo, siempre amable y cordial, nunca debe descuidar el vínculo entre diálogo y anuncio, que lleva a la Iglesia a mantener y a intensificar las relaciones con los no cristianos. La verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero «abierto a comprender las del otro» y «sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada uno». No sirve decir que sí a todo para evitar problemas, porque sería un modo de engañar al otro. La evangelización y el diálogo interreligioso se sostienen y se alimentan recíprocamente.

5. El diálogo social en un contexto de libertad religiosa

Los Padres sinodales recordaron la importancia del respeto a la libertad religiosa, considerada como un derecho humano fundamental. Incluye «la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestarla públicamente». Un sano pluralismo, que de verdad respete a los diferentes y los valore como tales. El debido respeto a las minorías de agnósticos o no creyentes no debe imponerse de un modo arbitrario que silencie las convicciones de mayorías creyentes o ignore la riqueza de las tradiciones religiosas. Eso a la larga fomentaría más el resentimiento que la tolerancia y la paz.

Reflexionamos…

  • ¿Cómo contribuimos a hacer un mundo más pacífico y justo?

  • ¿Cómo reaccionamos ante un conflicto?

  • ¿Es razonable relegarlos a la oscuridad, sólo por haber surgido en el contexto de una creencia religiosa? ¿Lo hacemos?

  • ¿La religión nos ayuda a ser personas más pacíficas, tolerantes y justas? ¿Cómo?

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(Viernes 19 de febrero 2021)

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad

La Palabra — 2 Cor 5, 20

Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo. Y todo es obra de Dios, que nos reconcilió consigo por medio del Mesías y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios estaba, por medio del Mesías, reconciliando el mundo consigo, no apuntándole los delitos, y nos confió el mensaje de la reconciliación.
Somos embajadores del Mesías y es como si Dios hablase por nosotros.
Por el Mesías os suplicamos: Dejaos reconciliar con Dios.

Oración

Jesucristo,
incluso cuando no sentimos nada de tu presencia,
Tú estás ahí, siempre.
Tu Espíritu Santo permanece en nosotros en continua actividad.
Él abre pequeños caminos para atravesar callejones sin salida
y para avanzar hacia lo esencial de la fe, de la confianza.
(Roger de Taizé)

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2021

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» Mateo 20,18

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo.

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Esta llamada a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Para la reflexión y meditación:

  • Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba. En este tiempo de Cuaresma, ¿de qué aspectos de nuestra vida, vivencias, actitudes y situaciones, que nos estorban, nos gustaría liberarnos?

  • ¿Cómo podemos convertirnos en difusores del perdón? ¿Podemos adoptar un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido? ¿Qué palabras y gestos de amor y reconciliación estaríamos dispuestos a llevar a cabo durante esta Cuaresma?

  • Como Grupo de Oración, vivimos el recogimiento y el silencio de la oración. ¿Cómo podríamos ayudar a otras personas a que conozcan y disfruten de este espacio de oración que tenemos semanalmente en nuestra parroquia?

  • ¿Estaríamos dispuestos a compartir lo poco o mucho que tengamos con amor, gozo y sencillez?

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(15 Enero 2021)

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO –  IV. La dimensión social de la evangelización.

El lugar privilegiado de los pobres y frágiles de la tierra [176-206]

La exclusión del pobre es exclusión y rechazo de Dios - Periodista Digital

La Palabra

… “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.
… “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
(Mt 25, 34-45)

Oración

Señor, ayúdanos a desear, buscar y cuidar el bien de los demás.
No permitas que nadie violente nuestra dignidad.
Líbranos de la comodidad que nos hace cómplices.
Danos la compasión que comprende, asiste y promueve.
Haznos cercanos y cordiales para acompañar a los demás,
especialmente a los pobres, en el camino de su liberación.
Ayúdanos a cuidar la fragilidad del mundo en que vivimos.

El contenido social del kerygma: Evangelización y promoción humana [176-185]

La propuesta del Evangelio es “hacer presente en el mundo el Reino de Dios”: En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.

«Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura» (Mt 6,33).

No se trata de una propuesta de bienestar personal de cada uno, ni de una «caridad a la carta» para tranquilizar la propia conciencia, sino de un “desarrollo integral de cada ser humano. La Iglesia no se puede limitar a curar simplemente heridas, sino que debe hacer propuestas decididas, tal vez contra-culturales, pero que aporten nuevos horizontes.

La inclusión social de los pobres

– Unidos a Dios escuchamos un clamor [187-196]

Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres…

«He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo […] Ahora pues, ve, yo te envío…» (Ex 3,7-8.10)

En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37). La palabra «solidaridad» supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. El planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad.

El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno:

«Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7).
«Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados». (1 Pe 4,8).

Esta opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha, supone una fidelidad al Evangelio “para no correr en vano”, (Gal 2,2) y no dejarse devorar por el estilo de vida individualista de una sociedad alienada por el consumo y la distracción que hace más difícil esa solidaridad interhumana.

– El lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios [197-201]

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2 Co8,9)…

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres» (Lc 4,18).
«¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20).

La Iglesia, inspirada en el Evangelio, hace una opción por los pobres como ejercicio de la caridad cristiana y no como una cuestión ideológica o política: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos”.

La inequidad es la raíz de los males sociales [202-208]

Los planes asistenciales sólo son respuestas pasajeras, y mientras no se ataquen radicalmente las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo. Molesta que se hable de ética, solidaridad mundial, distribución de los bienes, dignidad de los débiles, compromiso por la justiciaMolesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia… No podemos confiar en la mano invisible del mercado.

Es necesaria una nueva mentalidad política y económica que supere la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social, con políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres… y procuren trabajo digno, educación y salud para todos los ciudadanos. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta una adecuada administración de la casa común que asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos.

– Cuidar la fragilidad [209-216]

Es indispensable prestar atención a las nuevas formas de pobreza y fragilidad donde reconocemos a Cristo sufriente: los sin techo, los toxicodependientes, los presos, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, los migrantes, las víctimas de la trata, las mujeres que sufren exclusión, maltrato y violencia, los niños por nacer a quienes se les quiere negar la vida… Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos:

«¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9).

Finalmente, todos estamos llamados a cuidar del conjunto de la creación y a no dejar a nuestro paso signos de destrucción y de muerte que afecten nuestra vida y la de las futuras generaciones. No somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas: Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación.

Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como San Francisco de Asís,
todos los cristianos estamos llamados
a cuidar de la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos”.

Reflexionamos …

  • ¿En qué medida escuchamos el clamor de los pobres? Reconocemos en nuestro barrio o entorno más próximo situaciones de marginación, de exclusión y de inequidad.

  • ¿Somos esos oídos que se acercan, que escuchan los afanes, dolores, angustias de nuestros hermanos/as? ¿O estamos tan lejos que ni somos conscientes de su realidad?

  • ¿Qué pasos podemos y queremos dar para cuidar la fragilidad en las situaciones y necesidades concretas de nuestro entorno?

  • ¿Somos pobres que buscamos una Iglesia pobre?

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(11 Dic. 2020)

Adviento, tiempo para hacer memoria de la cercanía de Dios

Domingo 1º Adviento (B) 03 de diciembre de 2017 | LMC España

La Palabra

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13, 33-37)

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El Adviento es el tiempo para hacer memoria de la cercanía de Dios, que ha descendido hasta nosotros. Por ello, el primer paso de la fe es decirle al Señor que lo necesitamos, necesitamos su cercanía.

Es también el primer mensaje del Adviento y del Año Litúrgico, reconocer que Dios está cerca, y decirle: “¡Acércate más!”. Él quiere acercarse a nosotros, pero se ofrece, no se impone. Nos corresponde a nosotros decir sin cesar: “¡Ven!”. Nos corresponde a nosotros, es la oración del Adviento: ¡Ven!

El Adviento nos recuerda que Jesús vino a nosotros y volverá al final de los tiempos, pero nos preguntamos: ¿De qué sirven estas venidas si no viene hoy a nuestra vida? Invitémoslo. Hagamos nuestra la invocación propia del Adviento: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). Con esta invocación termina el Apocalipsis: «Ven, Señor Jesús». Podemos decirla al principio de cada día y repetirla a menudo, antes de las reuniones, del estudio, del trabajo y de las decisiones que debemos tomar, en los momentos más importantes y en los difíciles: Ven, Señor Jesús. Una oración breve, pero que nace del corazón.

No corramos el riesgo de perder lo esencial

De este modo, invocando su cercanía, ejercitaremos nuestra vigilancia. Es importante estar vigilantes, porque un error de la vida es el perderse en mil cosas y no percatarse de Dios. Y citando a San Agustín, que dice: “Tengo miedo de que Jesús pase y no me dé cuenta”, el Pontífice nos advierte que, atraídos por nuestros intereses y distraídos por tantas vanidades, corremos el riesgo de perder lo esencial. Por eso hoy el Señor repite «a todos: ¡estén vigilantes!».

Estar vigilantes es no dejarse llevar por el desánimo. Pero si debemos vigilar, esto quiere decir que es de noche. Sí, ahora no vivimos en el día, sino en la espera del día, en medio de la oscuridad y los trabajos. Llegará el día cuando estemos con el Señor. Vendrá, no nos desanimemos.

Pasará la noche, aparecerá el Señor; Él, que murió en la cruz por nosotros, nos juzgará. Estar vigilantes es esperar esto, es no dejarse llevar por el desánimo, es vivir en la esperanza. Así como antes de nacer nos esperaban quienes nos amaban, ahora nos espera el Amor mismo. Y si nos esperan en el Cielo, ¿por qué vivir con pretensiones terrenales? ¿Por qué agobiarse por alcanzar un poco de dinero, fama, éxito, todas cosas efímeras? ¿Por qué perder el tiempo quejándose de la noche mientras nos espera la luz del día? ¿Por qué buscar un poco de… (¿padrinos?) para hacer (tener) un ascenso y subir y promocionarnos en la carrera? Todo pasa. Observa, dice el Señor.

Hay un sueño peligroso: la mediocridad

Por ello, el Papa Francisco invita a mantenerse despiertos, sin embargo, es difícil. Por la noche es natural dormir. No lo lograron los discípulos de Jesús, a quienes Él les había pedido que velaran “al atardecer, a medianoche, al canto del gallo, de madrugada”. Y precisamente a esas horas no estuvieron vigilantes. Al atardecer, en la última cena, traicionaron a Jesús; por la noche se durmieron; al canto del gallo lo negaron; de madrugada dejaron que lo condenaran a muerte.

Pero sobre nosotros puede caer el mismo sopor. Hay un sueño peligroso: “el sueño de la mediocridad”. Llega cuando olvidamos nuestro primer amor y seguimos adelante por inercia, preocupándonos sólo por tener una vida tranquila. Pero sin impulsos de amor a Dios, sin esperar su novedad, nos volvemos mediocres, tibios, mundanos. Y esto carcome la fe, porque la fe es lo opuesto a la mediocridad: es el ardiente deseo de Dios, es la valentía perseverante para convertirse, es valor para amar, es salir siempre adelante.

La fe no es agua que apaga, sino fuego que arde; no es un calmante para los que están estresados, sino una historia de amor para los que están enamorados. Por eso Jesús odia la tibieza más que cualquier otra cosa”

¿Cómo podemos despertarnos del sueño de la mediocridad?

Podemos despertar del sueño de la mediocridad con la vigilancia de la oración… “Rezar es encender una luz en la noche. La oración nos despierta de la tibieza de una vida horizontal, eleva nuestra mirada hacia lo alto, nos sintoniza con el Señor. La oración permite que Dios esté cerca de nosotros; por eso, nos libra de la soledad y nos da esperanza”.

La oración oxigena la vida: así como no se puede vivir sin respirar, tampoco se puede ser cristiano sin rezar. Y hay mucha necesidad de cristianos que velen por los que duermen, de adoradores, de intercesores que día y noche lleven ante Jesús, luz del mundo, las tinieblas de la historia. Hay necesidad de adoradores. Hemos perdido un poco el sentido de la adoración, de estar en silencio ante el Señor, adorando. Ésta es la mediocridad, la tibieza.

Rezar y amar, he aquí la vigilancia. Cuando la Iglesia adora a Dios y sirve al prójimo, no vive en la noche. Aunque esté cansada y abatida, camina hacia el Señor”

Un segundo sueño interior: la indiferencia

El que es indiferente ve todo igual, como de noche, y no le importa quién está cerca. Cuando sólo giramos alrededor de nosotros mismos y de nuestras necesidades, indiferentes a las de los demás, la noche cae en el corazón. Comenzamos rápido a quejarnos de todo, luego sentimos que somos víctimas de los otros y al final hacemos complots de todo”. Quejas, victimismo y complots. Es una cadena. Hoy parece que esta noche ha caído sobre muchos, que exigen sólo para sí mismos y se desinteresan de los demás.

¿Cómo podemos despertar de este sueño de indiferencia?

Podemos despertar con la vigilancia de la caridad . Para llevar luz a aquel sueño de la mediocridad, de la tibieza, está la vigilancia de la oración. La caridad es el corazón palpitante del cristiano. Así como no se puede vivir sin el latido del corazón, tampoco se puede ser cristiano sin caridad. Algunos piensan que sentir compasión, ayudar, servir sea algo para perdedores; en realidad es la apuesta segura, porque ya está proyectada hacia el futuro, hacia el día del Señor, cuando todo pasará y sólo quedará el amor. Es con obras de misericordia que nos acercamos al Señor.

Jesús viene y el camino para ir a su encuentro está señalado: son las obras de caridad.

Queridos hermanos y hermanas, rezar y amar, he aquí la vigilancia. Cuando la Iglesia adora a Dios y sirve al prójimo, no vive en la noche. Aunque esté cansada y abatida, camina hacia el Señor. Invoquémoslo:

Ven, Señor Jesús, te necesitamos. Acércate a nosotros. Tú eres la luz: despiértanos del sueño de la mediocridad, despiértanos de la oscuridad de la indiferencia. Ven, Señor Jesús, haz que nuestros corazones que ahora están distraídos estén vigilantes: haznos sentir el deseo de rezar y la necesidad de amar.

(Resumen de la homilía del Papa Francisco – I dom. Adviento29 noviembre 2020)

Para la reflexión y meditación:

  • Este tiempo que estamos viviendo ¿crees que te ha acercado más a lo esencial o un poco te ha centrado más en ti mismo y tus cosas?

  • Obligados a la distancia social ¿hemos intentado crecer en el contacto humano y espiritual con nuestros hermanos?

  • ¿Piensas que de verdad somos testigos de Esperanza, aliento y consuelo para los que nos rodean?¿Se nota que somos cristianos en cómo asumimos los desastres de la pandemia?

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(27 Noviembre 2020)

III. El anuncio del Evangelio: 4Una evangelización para la profundización del kerygma [EG 160-175]

https://i.pinimg.com/originals/ab/64/73/ab647370cb885fff0ff63d927a80b1d5.jpgLa Palabra

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.
(Mt 28,16-20)

El kerigma. El corazón de la misión

Una evangelización para la profundización en el kerygma.
El envío misionero del Señor provoca un camino de formación y maduración, de crecimiento y no exclusivamente doctrinal, sino crecer en el amor. Este camino está precedido por el don (el bautismo) que nos hace hijos y nos da la gracia, transformados por Cristo, según el Espíritu. Es por tanto trinitario.

Una catequesis trinitaria y mistagógica
La educación y la catequesis están al servicio de este crecimiento. El kerygma debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y es trinitario. El fuego del Espíritu nos hace creer en Jesucristo y nos comunica la misericordia infinita del Padre. Este primer anuncio lo es en sentido cualitativo, es el principal.
La centralidad del kerygma demanda ciertas características: que exprese el amor salvífico de Dios, que no imponga la verdad y que posea notas de alegría, estímulo, vitalidad…Esto exige del catequista cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena.
Otra característica es una iniciación mistagógica, es decir, una necesaria progresividad de la experiencia formativa y una valoración de los signos litúrgicos de la iniciación.
Hay que prestar atención al camino de la belleza, seguir a Cristo es bello, todas las expresiones de verdadera belleza nos ayudan a encontrarnos con Jesús. Hay que transmitir la fe en un nuevo “lenguaje parabólico”, utilizando modos no convencionales de belleza que son atractivos para otros.
En lo que se refiere a la propuesta moral de la catequesis debemos ser alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio.

El acompañamiento personal de los procesos de crecimiento

La iglesia debe iniciar en el “arte del acompañamiento” para que todos aprendan a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro, con una mirada respetuosa que sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana, llevando más y más a Dios, en quien encontramos la verdadera libertad.
Necesitamos personas con experiencia de acompañamiento donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu; ejercitados en el arte de escuchar.
Lo primero es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un encuentro espiritual.
Hay que reconocer que la situación de cada sujeto ante Dios es un misterio. Debemos corregir y ayudar a crecer, sin juzgar, pero sin consentir fatalismos ni pusilanimidad. Invitando a querer curarse y cargar con la camilla.
El auténtico acompañamiento espiritual se lleva en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora, un ejemplo es la relación de Pablo con Timoteo y Tito.

En torno a la Palabra de Dios.
Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. La Palabra de Dios escuchada y celebrada, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico.
El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los creyentes. “Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado” (Benedicto XVI).
Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada.

Reflexionamos …

  • ¿Se presta atención en nuestra comunidad a los procesos y caminos de maduración de cada persona?

  • ¿Se parece nuestra catequesis a la propuesta del Papa?

  • ¿Cómo vives la centralidad de la Palabra en tu vida?

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(16 Octubre 2020)

III. El anuncio del Evangelio:  1 – Todo el pueblo de Dios anuncia el Evangelio (EG 110134)

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La Palabra  (Jn 17,18; 20-21)

«Como Tú me has enviado al mundo, así yo también los he enviado al mundo. No ruego solo por estos, sino también por todos aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean Uno, como tu Padre en Mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que me has enviado» .

No puede haber evangelización sin la proclamación de que Jesús es el Señor.

  • UN PUEBLO PARA TODOS

Dios por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí. Esta salvación que realiza Dios, y la Iglesia anuncia, es para a todos. Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlo como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo ni por sus propias fuerzas.

Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con este gran proyecto de amor del Padre. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado perdonado y alentado a vivir el Evangelio.

  • UN PUEBLO CON MUCHOS ROSTROS.

Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno con su propia cultura… El don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe…De modo que el cristianismo no tiene un único modo cultural…Toda cultura propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera de anunciar, concebir y vivir el Evangelio.

La diversidad cultural no es una amenaza para la unidad de la Iglesia. Es el Espíritu quien suscita dones y construye una unidad, que no es lo mismo que uniformidad, sino multiforme armonía que atrae…A veces en la Iglesia podemos caer en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual mostramos más fanatismo que autentico fervor evangelizador.

  • TODOS SOMOS DISCIPULOS MISIONEROS. (no solo la jerarquía).

Dios regala a su pueblo un “instinto de fe” que le ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios, que le permite capar intuitivamente lo que es de Dios, aunque no tenga instrumental adecuado.

Cada uno de los bautizados es un agente evangelizador …Si uno ha hecho de verdad una experiencia del amor de Dios, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. ¡La samaritana se convirtió en misionera! Todo cristiano y misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Jesús. Somos discípulos misioneros. Esto no quita que busquemos un profundizar en nuestro amor y formación.

  • LA FUERZA EVANGELIZADORA DE LA PIEDAD POPULAR.

Todo pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo. La piedad popular es expresión de la acción misionera espontanea del pueblo de Dios y en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal. La piedad popular refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer y que les hace capaces de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar su fe.

Se trata de una verdadera espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos. Es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia y una forma de ser misionero, del salir y peregrinar. ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera ¡

Acercarnos a esta realidad con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Son una búsqueda natural de la divinidad, animada por la acción del Espíritu Santo

  • PERSONA A PERSONA

La Iglesia ha de vivir una profunda renovación misionera. Es la predicación informal en medio de una conversación. Llevar el evangelio a las personas que cada uno trata. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús, y eso se produce en cualquier lugar.

  • CARISMAS AL SERVICIO DE LA COMUNIÓN EVANGELIZADORA

La evangelización no es un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie. No es una competencia entre las distintas espiritualidades y carismas en la Iglesia. Es en una búsqueda de la comunión donde un carisma se vuelve auténtico y fecundo. Si este desafío se vive en la Iglesia, la Iglesia puede ser un modelo de paz para el mundo.

Solo el Espíritu Santo puede suscitar diversidad, pluralidad, multiplicidad y al mismo tiempo unidad. Somos nosotros quienes nos encerramos en nuestros particularismos y provocamos división, y cuando somos nosotros los que nos ponemos a construir la unidad con nuestros esquemas humanos, terminamos por imponer uniformidad y homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia.

  • CULTURA, PENSAMIENTO Y EDUCACIÓN.

La Iglesia ha de alentar el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación que promuevan el dialogo con el mundo de la cultura y de la ciencia .

Las Universidades son un ámbito privilegiado para el desarrollo de este empeño evangelizador de un modo interdisciplinado e integrador.

Para la meditación, la oración y el compartir

  1. El plan que Dios tiene para la humanidad es “QUE TODOS SEAMOS UNO”, una gran familia.
    ¿Qué puedo hacer para colaborar con Dios en su proyecto hoy?
  1. Todos somos misioneros de la Buena Noticia.
    ¿Cuál es esa Buena Noticia para el mundo hoy?
    ¿Cómo puedo yo hoy llevarla a quienes me rodean?

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(6 Marzo 2020)

II – Desafíos y propuestas para los agentes pastorales [EG 76-109]

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La Palabra

Juan 13, 31-35

Dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy no podéis venir vosotros». Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Tentaciones de los agentes pastorales

Muchos cristianos ofrecen su vida y su tiempo con alegría y dan la vida por amor. No obstante, todos nos sentimos afectados por la cultura globalizada que nos limita y nos enferma.

Necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales.

  • Sí al desafío de una espiritualidad misionera.

Hoy se puede advertir una acentuación del individualismo, crisis de identidad y caída del fervor en los agentes evangelizadores.

Dada la cultura mediática de desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia se da un complejo de inferioridad de los agentes pastorales que ocultan su identidad cristiana y sus convicciones.

Surge un relativismo práctico más allá del estilo espiritual o la línea de pensamiento, actuando como si Dios, los pobres y los demás no existieran; aferrándose al poder, la gloria y la seguridad económica, en lugar de dar la vida por los demás en la misión.

  • No a la acedia egoísta

Cuando necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos escapan de cualquier compromiso, esto también sucede a los sacerdotes. La causa son actividades mal vividas y sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. Esto nos lleva a la psicología de la tumba: cristianos desilusionados.

  • No al pesimismo estéril

La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar, los males de nuestro mundo no son excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. La conciencia de derrota nos convierte en pesimistas con cara de vinagre.

Existen lugares donde se ha producido una desertificación espiritual destruyendo sus raíces cristianas, también resistencia violenta al cristiano y ambientes áridos para conservar la fe. Pero, precisamente por esta experiencia de desierto, estamos llamados a ser “personas-cántaros” para dar de beber a los demás.

  • Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo

Hoy, en el mundo de las redes y de la comunicación tenemos más posibilidades de encuentro y solidaridad. El Evangelio nos invita a correr el riesgo del encuentro, a la revolución de la ternura”. Una espiritualidad que convoque a la comunión y a la fecundidad misionera, frente al aislamiento y el consumismo espiritual a la medida de cada uno.

Las formas propias de la religiosidad popular son encarnadas, incluyen una relación personal con Dios, Jesucristo, María o un santo.

La solución: aprender a encontrarse con los demás, a descubrir a Jesús en el rostro de los demás.

Fraternidad mística, contemplativa, vivir como comunidad que es sal de la tierra y luz del mundo.

  • No a la mundanidad espiritual

Mundanidad espiritual es buscar la gloria humana y el bienestar personal. Mundanidad alimentada por una fe encerrada en el subjetivismo (sólo interesan una serie de razonamientos o conocimientos que reconfortan e iluminan) y el neopelagianismo autorreferencial y prometeico del que sólo confía en sus propias fuerzas

Mundanidad manifestada en muchas actitudes aparentemente opuestas: el cuidado ostentoso de la liturgia, la doctrina y el prestigio o mostrar conquistas sociales o políticas, son algunas de ellas.

Cultivamos nuestra imaginación sin límites y perdemos contacto con la realidad. ¡Dios nos libre de una lglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales!

  • No a la guerra entre nosotros

Pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversidad. Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos.

A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil perdonar. Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor.

  • Otros desafíos eclesiales

El desafío de la formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales.

Ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Reconocer el lugar de la mujer donde se toman decisiones en la Iglesia.

Ahondar en la participación de los jóvenes en la pastoral de conjunto de la Iglesia. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”!

Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas.

Leer en la realidad actual los signos de los tiempos, escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Los desafíos están para superarlos.

Para la meditación, la oración y el compartir:

  • ¿Nos vemos reflejados en estas tentaciones pastorales?

  • ¿Qué propuestas llaman más la atención?

  • ¿Qué desafío vemos prioritario? 


2. Crisis del compromiso comunitario

I – Desafíos de la cultura actual: Riesgos y propuestas [EG 50 – 75]

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La Palabra

  • La nueva Jerusalén (Apocalipsis 21, 1 – 8)

Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo.

Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido.

Y dijo el que está sentado en el trono: «Mira, hago nuevas todas las cosas» … «Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas» … «Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente. El vencedor heredará esto: yo seré Dios para él, y él será para mí hijo. Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, impuros, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda».

Desafíos de la cultura actual: Riesgos y propuestas

Un discernimiento evangélico es la mirada del discípulo misionero, que se «alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo». Las comunidades cristianas debemos estudiar los signos de los tiempos para reconocer, interpretar y elegir las mociones del buen espíritu, y rechazar las del malo.

La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos: la salud, la educación, la comunicación… Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad.

Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo.

RIESGOS:

R1: Cultura del descarte

Hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Se promueve la cultura del «descarte».

R2: Inequidad y exclusión

Nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

R3: Dictadura económica

La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. El afán de poder y de tener no conoce límites.

R4: Indiferencia relativista

Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse. A veces estos se manifiestan en verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario. Una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales.

R5: Deterioro de las raíces culturales

En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas, pero éticamente debilitadas.

R6: Secularización

El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Vivimos en una sociedad de la información que nos satura indiscriminadamente de datos, todos en el mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales. Por consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores.

PROPUESTAS:

P1: Evangelización de las culturas

En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo.

P2: Descubrir a Dios en las ciudades

Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas.

P3. Imaginar e inventar espacios de oración en medio de la cultura

Imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas para los habitantes urbanos.

P4: Encontrar nuevos modelos de relación con Dios, con los otros y con el espacio

Una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades. No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural.

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Para la meditación, la oración y el compartir:

  • ¿Cuáles son los desafíos más difíciles a los que nos enfrentamos en nuestro ambiente y nuestras ciudades?

  • ¿Qué podemos aportar (propuestas) a las ciudades y sus ciudadanos? Pensemos ejemplos concretos.

  • ¿Hemos experimentado en nosotros la exclusión o marginación? ¿Cuándo? ¿Cómo?

(7 Feb. 2020)


La transformación misionera de la iglesia – II  [EG 34-49]

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La Palabra

Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.

Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer». Él les replicó: «Dadles vosotros de comer».

(Mc 6, 30-37)

1. Desde el corazón del Evangelio.

Si pretendemos poner todo en clave misionera, esto también vale para el modo de comunicar el mensaje. En este proceso, se corre el peligro de que el mensaje que anunciamos aparezca mutilado y reducido en alguno de sus aspectos fundamentales. Por otro lado, no hay que dar por supuesto que nuestros destinatarios conocen el trasfondo completo de lo que decimos. Ellos no tienen siempre la capacidad de conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo.

Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son mas importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. Lo que cuenta es, ante todo, “la fe que se hace activa por la caridad” (Gálatas, 5,6). Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa mas perfecta de la gracia interior del Espíritu.

En el anuncio del Evangelio es necesario que haya una adecuada proporción. Esta se advierte en la frecuencia con la cual se mencionan algunos temas y en los acentos que se ponen en la predicación. Por ejemplo, si un párroco a lo largo del año litúrgico habla diez veces sobre la templanza y solo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se produce una desproporción donde las que se ensombrecen son precisamente aquellas virtudes que deberían estar mas presentes en la predicación y en la catequesis.

No hay que mutilar la integralidad del mensaje del Evangelio. La Buena Noticia invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos.

2. La misión que se encarna en los limites humanos.

La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. Al mismo tiempo, los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad.

De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que solo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, mas allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos.

Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, mas allá de sus defectos y caídas.

Vemos así que la tarea evangelizadora se mueve entre los limites del lenguaje y de las circunstancias. Procura siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible. Un corazón misionero sabe de esos límites y se hace “débil con los débiles” (1 Co 9, 22). Nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva. Sabe que el mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu, y entonces no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino”.

3. Una madre de corazón abierto.

La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad.

Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero, ¿a quienes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que “no tienen con que compensarte” (Lc 14, 14). Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer.

Dice Francisco: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades.

Mas que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “iDádles vosotros de comer!” (Mc 6, 37).

Para la meditación, la oración y el compartir:

  • ¿Cómo resuena en mí la llamada a volver al corazón del Evangelio? ¿De qué modo puedo dar un papel central a aquellos aspectos del Evangelio que habían ido difuminándose, desplazándose, olvidándose en mi vida cotidiana?
  • ¿De qué modo puedo concretar en mi vida este año que empieza la llamada de Jesús: “Dadles vosotros de comer”?

(10 En. 2020)


La transformación misionera de la iglesia – I [EG 19-33]

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La Palabra

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». (Mt.28, 16-20)

La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado».

I. Una Iglesia en salida

En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de «salida» que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham, Moisés, Jeremías son ejemplos de ello: «Adondequiera que yo te envíe irás». Hoy, en este «id» de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia y todos somos llamados a salir de la propia comodidad y atrevernos a llegar a todas las periferias.

La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos la vive Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y pequeños. Esa alegría siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar, siempre más allá. La alegría del Evangelio es una alegría misionera: habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme. Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie.

  • Primerear: La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa en el amor y por eso sabe adelantarse sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia por haber experimentado la infinita misericordia del Padre.

  • Involucrarse: Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. La comunidad evangelizadora, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz.

  • Acompañar los procesos por duros y prolongados que sean, sabiendo de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites.

  • Fructificar: La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. No tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva

  • Festejar y celebrar cada paso adelante. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia.

II. Pastoral en conversión.

Frente al espejo del modelo de Cristo brota un anhelo de renovación y enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior. La renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación en apertura a una permanente reforma, una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación.

La parroquia, presencia eclesial en el territorio, orientada completamente a la misión, no es una estructura caduca. Esto supone que realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos. La parroquia es ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero.

Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base, pequeñas comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores. Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera. El obispo a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados.

El papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan también una conversión pastoral abierta a las sugerencias que se orienten a un ejercicio del ministerio más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización. La pastoral en clave de misión pretende repensar los objetivos, estructuras, estilo y métodos evangelizadores de las comunidades, abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea. Lo importante es no caminar solos.

Para la meditación y oración personal

– Ante la invitación que se nos hace, ¿qué y cómo puedo, personalmente y como parte de la “comunidad”, renovar y mejorar, pensando en clave misionera?

– Recordamos la frase de Francisco: “La iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”. ¿Cómo asumo esta actitud?

(15 Dic. 2019)


La alegría del Evangelio llena la vida [EG 1-18]

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La Palabra

Juan 16,16-24: La alegría completa.

«Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver». Comentaron entonces algunos discípulos: «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?». Y se preguntaban: «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice».

Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: «¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver”?

En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada.

En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa».

Una Iglesia con las puertas abiertas

Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. Esta alegría es contagiosa: nos mueve a evangelizar y al encuentro con los demás.

  • En el mundo actual, con su consumismo e individualismo, los creyentes corremos el riesgo de encerrarnos en nuestros propios intereses sin dejar espacio para los demás y no escuchar la voz de Dios. Frente a una Cuaresma sin Pascua, el Evangelio nos invita insistentemente a la alegría del encuentro o reencuentro con el amor de Dios. (EG 1-8)

«Alégrate» es el saludo del ángel a María (Lc 1,28)

«Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud» (Jn 3,29)

«Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría» (Jn 16,22)

  • Un evangelizador sin cara de funeral. Recobremos la alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas (…) Y ojalá el mundo actual pueda así recibir la Buena Nueva rompiendo los esquemas aburridos de presentar el mensaje. Que el mensaje tenga olor a Evangelio y se hable más de la gracia que de la ley, más de Jesucristo que de la Iglesia, más de la Palabra de Dios que del Papa. (EG 9-13)

«Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26).

  • Todos tienen derecho a recibir el Evangelio. Los cristianos tenemos el deber de anunciarlo sin excluir a nadie –creyentes, alejados, rechazados… como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción». Ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos» y hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera». (EG 14-18)

«Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7)

Encuentro en grupo

  • ¿Cómo vivimos? ¿Experimentamos la alegría de Jesucristo o vivimos en una “cuaresma sin pascua”?
  • ¿Qué podemos hacer? ¿Intentamos recuperar la frescura original del Evangelio? ¿Anunciamos la “Buena Nueva” con auténtico “olor a Evangelio”?

(8 Nov. 2019)